Erase una vez un gran poeta chino. Se sabía que era grande porque tardaba ocho años en dar con un haiku de esos que cumplen todos los requisitos y satisfacen las más exquisitas sensibilidades. Sólo tenía un problema: ya habían pasado siete años, once meses y tres lunas, y el haiku aún no se había materializado, ni siquiera en la forma de un picor en las nudosas manos del austero sabio. Entonces, el poeta sintió la tentación de intentar escribir un haiku. Eran las seis de la mañana: el cielo competía en matices de rosa y anaranjado con los pétalos de los frutales, y luego con los melocotones más fragantes.


Tanto silencio
Genera flor y el fruto
Ya alberga el ruido.
 

Vaya, se dijo. Ya está. No ha sido tan difícil.

El sabio se dispuso a preparar el té y a disfrutar de los siguientes ocho años de placidez, pero entonces pasó una mariposa azul, y el sabio no pudo evitar tomar el pincel:
 

Si la mañana
disfraza sus colores,
¿la mariposa?
 
 
Se asustó al ver estas palabras, como si no las acabara de escribir, y las arrojó al agua, y en el agua se formaron ondas concéntricas. Y en las última de ellas volvió a humedecer el pincel.
 
 
Si es el principio
el centro, o es el fondo,
lo sabe el agua.
 
 
No. El sabio se maldijo delicadísimamente en su interior (tres haikus en un día lo convertían en el peor de los discípulos), y luego por su vanidad y después por forzar el ritmo de las cosas, y luego volvió a maldecidse por haberse maldicho,  y rasgo el segundo papel en tiras muy finas, que dejó que se llevara el viento. Metió sus escasas pertenencias en un paño y se hizo al camino. Pero ya no estaba en calma: su mente no dejaba de pensar.


En la cuneta
Lo que está quieto viaja
En impaciencia


Cuatro. Cuatro en un día, pensaba mientras caminaba mucho más deprisa de lo aconsejable, cuatro, que daban vueltas en su cabeza, verso a verso, porque da igual destruir un haiku cuando es un haiku, y no te pertenece ya a ti sino tú a él.

No es este haiku
Sino lo que está siendo
Sin que lo sepas…

Y entonces la cabeza del poeta se fue llenando de haikus, uno tras otro, como si fueran dictados por una voz superior, y este empezó a correr por el camino polvoriento, asustando a los pájaros con sus gritos.