Los textos citados proceden del estudio de Camille Flammarion
“Los mundos reales y los mundos imaginarios”. La
ecuación de las bibliotecas como energía pertenece al
ínclito Terry Pratchett.
El señor Quijada soñaba. Había un ruido de fondo,
algo como el crepitar de una montaña de papel que se quema, pero
este crujido inquietante no le despertó, sino que se
incorporó a su sueño en forma de un océano de
diablillos cuyos cuernos entrechocaban y cuyas bocas masticaban
pentateucos todas a la vez, con la característica densidad de
las salivas infernales, y reducían a pastosa pulpa las
páginas sagradas con alegría. Sobre este océano
vagaba una barca de hierro, que era empujada aquí y allá
por los bracitos de los demonios molestos, encima de la cual Quijote
contemplaba las estrellas.
-¿Habrá otros mundos además de este?-
preguntó en voz alta el caballero, y todos los diablillos que lo
oyeron estallaron en agudas carcajadas, atragantándose con el
éxodo.
-No faltan autores-dijo, ya como para sí mismo- tanto antiguos
como modernos, que han tratado esta hipótesis. Plutarco, en su
Tratado sobre los oráculos, refiere que Platón
creía en varios mundos, cinco en total. También
Teodoredo, Aristarco, Anaxímenes, Jenófanes,
Diógenes, Leucipio, Demócrito y Epicuro abogaron por una
infinidad de mundos. Y Metrodoro decía que sería tan
absurdo no colocar más que un mundo en el espacio infinito como
creer en la existencia de una sola espiga de trigo en un dilatado campo.
Los diablillos hacían pedorretas y emitían
pestíferas ventosidades, pero Quijote permanecía
imperturbable en sus meditaciones.
-Por otra parte, explica el teólogo que más allá
del Mundo no hay nada más que un espacio imaginario. Este
espacio imaginario carece de las propiedades de la extensión: no
es largo, ni ancho, ni profundo. No siendo este espacio, por tanto,
absolutamente nada, o mejor dicho, siendo la nada pura, es evidente que
no se puede poner algo en nada, y por consiguiente, no hay mundos
posibles en el espacio imaginario…
Mas de repente la barca empezó a zozobrar. Los diablillos,
revueltos por quien sabe qué acontecimientos, zarandeaban la
barca de manera que Quijote estaba a punto de caer. Cada vez que rozaba
a uno de los diablillos, la mano o el brazo se le llenaba de llagas
urticantes, como si los muy malditos llevaran sangre de ortigas. De
manera que lo le quedaba otra que irlos pinchando con su lanza,
aquí y allá, para tratar de equilibrar el bote….
…oooOOOooo…
-¡Señor! ¡Despierte! ¡Lleva ya dos días dormido!
Quijada salió de su ensoñación con un
sobresalto: el ama vociferante no le parecía ni una gota
más real que los diablillos, y no había experimentado
ningún alivio al volver a su cama más que el mirarse las
manos, para darse cuenta de que no estaban llagadas. Sin hacer
ningún caso de las dos mujeres que le rogaban que tomase
algún alimento, se levantó de un salto cavalcantiesco y
corrió a consultar sus libros en busca de la respuesta a la
cuestión que le había surgido en la barca.
Sin embargo, los libros no estaban: la habitación entera
había desaparecido de algún modo, como si la materia se
hubiera contraído totalmente... Era como para volverse loco. Con
lo bien que le habría venido refrescar la lectura del libro de
Doni, I mondi celesti terrestri e inferni etc… , que tanto
trabajo le había costado conseguir.
¿Dónde se había metido la biblioteca? El ama y la
niña le contaban todo tipo de despropósitos, y les
seguía el cuento como a los tontos. Pero para sí, pensaba:
libros = conocimiento = poder = energía
Había más de cien volúmenes en esa
habitación; cien libros que recogían gran parte de los
saberes de su tiempo, y las más nobles aspiraciones de las
épocas caballerescas. ¿Sería posible que una
condensación excesiva de energía generase una
gravitación, una fuerza interior tan intensa como para
absorberse a sí misma? Era una cuestión que
merecía ser considerada. Así que se pasó toda la
tarde cavilando en este asunto.
Por la tarde, sin saber bien qué hacer, el hidalgo
decidió salir a caminar. Había por allí un
descampado en el que crecían algunos cardos, retamas de escoba y
otras hierbas. Hacía ya mucho tiempo que no se dedicaba a tales
menesteres, y no le encontró ningún aliciente al caminar
entre las hierbas como no fuera el pensar acerca de la
transformación de la materia, cosa sobre la que, por otra parte,
reflexionaba cada vez que comía. Se disponía a regresar
sobre sus pasos cuando, de repente, aunque ya estaba cayendo la noche y
su vista no era la de otros tiempos, le pareció percibir lo que
muy bien pudieran ser trozos de papel a unos pocos pasos.
En tres zancadas, Quijada se llegó a donde estaban los papeles,
que por cierto bien lo eran, y tomó varios en sus manos,
reconociendo algunas hojas chamuscadas de sus amados libros. De
lo que infirió lo siguiente: la explosión
energética causada por la condensación de conocimientos
había sido tal que, junto con un estallido incandescente en el
que muchos de los libros habían ardido, se había
levantado una corriente de convección capaz de arrastrar los
restos de la biblioteca, mezclándolos con el viento y
dispersándolos hasta aquella zona. De lo cual el hidalgo se
alegró sobremanera, y recogió en un momento tantas hojas
como pudo hasta que se hizo oscuro.
Más tarde, sin que nadie se apercibiese, agarró un candil
que tenía el ama para la noche y regresó al descampado,
pudiendo recuperar bastantes páginas más que se
habían dispersado por los alrededores. Regresó cuando ya
rayaba el alba, y se dedicó a limpiar y prensar las
páginas deterioradas igual que haría una madre con sus
polluelos. Pasó todo el día en estos cuidados, y
después tomó cola y algo de hilo para encuadernar como
pudo las páginas, unas con otras, en el orden que su
imaginación le iba dictando.
Toda esta operación la hizo en secreto, con una necesidad febril
de volver a tener un libro que le manejaba los dedos y el
espíritu. Terminó hacia las cuatro de la tarde, y tras
esconder muy bien el libro bajo su cama, bajó a comer algo para
que el ama no sospechara, contándole que se había
encontrado indispuesto. Como se dio cuenta de que ella se quedaba
tranquila por verle bien comer, su temor por verse descubierto
desapareció, y se acostó para dormir hasta que se hizo de
noche.
Despertó sobre las dos o tres de la mañana: la luna ya
estaba alta en el cielo, y Quijada aprovechó su redonda
luminosidad para subirse con el libro al tejado, donde la claridad era
tal que le permitía leer. Quijada se la quedó mirando:
había algo acerca de la luna que no acertaba a comprender, y era
por qué mostraba siempre la misma cara. Este misterio le
parecía tremendamente injusto: algunas veces, Quijano
soñaba que conseguía subir hasta la luna, a bordo de un
hipogrifo plateado, y allí, en su cara oculta, encontraba un
mundo de rectitud y valores mantenidos por todos: un mundo en el que
ninguna falta hacían los caballeros andantes, y en el que
Quijote dejaba las armas para dedicarse a escribirle sonetos a una
azulada nativa, a la cual, por cierto, se le podía encontrar
cierto parecido con Dulcinea si cerraba uno de sus tres ojos. Y es que,
por desgracia, caía por su peso que desde la cara oscura de la
luna no se podía ver la tierra.
Bajo la luz uniforme e irisada del astro, el hidalgo se puso a pasar la
páginas de su libro, que se había juntado caprichosamente
unas con otras de manera que una estaba en italiano y la de al lado en
latino, la siguiente en castellano y luego había un grabado que
no tenía nada que ver. Pero el contemplar tantos fragmentos de
lecturas e imágenes conocidos, mezclados unos con otros,
despertaba la imaginación de Quijada como ninguna otra cosa, ya
que se preguntaba cómo era posible que las asociaciones que el
azar había pergeñado fueran a veces más
lúcidas y acertadas, o más sugerentes en poesía,
que los libros tal y como los terminaban sus autores. En su volumen de
recortes Quijano adivinaba páginas nuevas, que no estaban en
ninguno de sus libros anteriores, pero que cobraban un nuevo sentido al
situarse junto a otras.
Fue entonces cuando dio con dos o tres páginas del tratado de
Doni, el libro que había querido consultar nada más
despertarse de sus largo sueño. Decían así:
“Debéis saber que las partes del cuerpo humano son creadas
y compuestas según las disposiciones y situación del
mundo. Imaginaos un hombre del tamaño que queráis: su
cabeza, que es redonda como las esferas, está colocada encima de
todo su cuerpo, como están situados los cielos en el sitio
más elevado, desde donde algunos se ven y otros no.
Podéis comparar el Sol y la Luna a los dos ojos, Saturno y
Júpiter a las dos ventanas de la nariz, Marte y Mercurio a las
dos orejas y Venus a la boca. Estos planetas iluminan y gobiernan todo
el mundo, y estos siete miembros embellecen el cuerpo y lo hacen
enteramente perfecto. El cielo, lleno de infinidad de estrellas, puede
compararse a los cabellos, que son innumerables.”
Tras leer estas palabras, se encontró Quijada no sólo
pensando en el universo como un cuerpo, sino en los cuerpos como
máquinas o sistemas: con las primeras luces del alba, Quijada
vio a lo lejos un molino de viento de los nuevos, con su ingenioso
sistema venido de holanda. ¿Pudiera ser posible que una
máquina, al ser perfecta en sí misma y poseer todas las
funciones de los seres vivientes, tuviera alguna especie de mente con
la que los ingenieros no habían contado? Siguió leyendo:
“ El cielo cristalino, que no se ve, puede parecerse al
sentido común, que está en la frente, y comparemos el
empíreo, que se nos oculta, a la memoria que nos representa
maravillosas concepciones. Descendamos más abajo: veis la esfera
del fuego, que está en el estómago, donde el calor opera
y hace ejercicio para la digestión. Después del fuego,
veréis la esfera del aire, donde se engendran la lluvia, la
nieve y el granizo; en fin la tierra y el agua, donde se verifican la
generación y la corrupción, se parecen a nuestro cuerpo
en el que tales cosas se encuentran.”
El cielo cristalino, que no se ve… por lo tanto, existe un
cuerpo del cosmos, que es tangible y visible igual que el cuerpo
humano, pero también una alma o inteligencia o espíritu,
invisible… Quijada se miró las manos que sostenían
el libro, y vio tres cosas en ellas: sus propias manos, hechas de
carne, el instinto de moverlas, común a todos los animales, y
también un segundo movimiento: el de su propia mente al darse
cuenta de que las estaba moviendo, al verlas moverse y entender la
diferencia entre ese movimiento y el de la luna.
El cuerpo del cielo y el cielo cristalino; la tierra y otra tierra
invisible, un mundo imaginario que no se opone al mundo real, puesto
que ambos comparten la existencia de diferentes maneras; un Quijada de
tejidos y huesos y un Quijote del sueño… un caballero
inexistente, invisible, pero compartiendo cuerpo y mente con
otro… un movimiento de la voluntad…
…oooOOOooo…
Ya estaba alto el sol, cerca del cenit, cuando Quijada despertó
tras su larga noche; sólo una idea le rondaba esta vez la
cabeza. Se vistió rápidamente, y se fue a buscar a un
aldeano con el que solía mantener conversaciones acerca de lo
humano y lo divino. Se preguntaba si el tal Sancho sería capaz
de comprender la largura y la anchura de sus planes.
Por fin, tras bastante caminar, lo encontró vareando un olivo sin muchas ganas.
-Oye, Sancho, ¿tu crees que este mundo es único, o que hay muchos?
El campesino dejó la vara, reflexionó durante un par de
minuto, escupió las aceitunas que llevaba en la boca, y dijo:
-Pues andaba yo pensando en eso precisamente, señor Quijada.
Resulta que estuve hace poco en donde las colmenas de mi prima la
Rodriga, y me di cuenta de que las abejas también tienen su
mundo, ¿no?, y que yo a veces me acerco a la panela y me
pregunto, ¿cómo me verán estas bestezuelas? porque
servidor para ellas debe de ser algo así como una montaña
de carne; y entonces me pregunto, ¿y si las
montañas estuvieran vivas, sólo que nadie se diese
cuenta, señor Quijada? Por eso…
FIN
